Fe, la paradoja de la razón | El diario.es

Publicado: 18 abril, 2014 en Artículos
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Todas las religiones cantan las virtudes de la fe porque necesitan que sus fieles crean. Las ventajas de la fe para quien la gestiona son obvias, pero qué pueda ofrecer a quien la vive no suele estar tan claro. Millones de personas en todo el mundo creen, e invariablemente describen, un cierto tipo de paz interior caracterizado por la certeza de saber que todo tiene un porqué, unida a una sensación de permanente compañía, de unidad con el universo y de pertenencia.

Estos sentimientos son la base de la experiencia religiosa, y es interesante destacar que los estudios de neurociencia indican que hay regiones del cerebro asociadas con este tipo de sensaciones. De hecho, se ha llegado a postular la existencia de un “módulo de Dios”: una parte del cerebro especializada en estas experiencias, con sus propios genes y su propia evolución. Análisis estadísticos han mostrado cierta vinculación genética en comportamientos de tipo religioso, como la asistencia a oficios o la capacidad individual de trascendencia.

Y desde la antigüedad sabemos que determinadas drogas alucinógenas y ciertas prácticas (cantos repetitivos, danzas, posturas y ejercicios) que actúan sobre el cerebro facilitan estas experiencias. ¿Es posible que estemos diseñados para creer?

¿O hay una explicación más sencilla? De hecho, los elementos de la creencia religiosa pueden explicarse como efectos secundarios de algunas características humanas esenciales. La fe religiosa surge de la interacción de nuestra extrema sociabilidad con nuestra extrema capacidad de raciocinio.

Paradójicamente la razón, esa necesidad intrínseca de conocer las causas de las cosas, puede llevarnos a aceptar explicaciones no demostradas del universo y la existencia. Después nuestra necesidad de compañía nos empuja a darle a esa explicación una presencia personal, una entidad individual. El tercer elemento, que completa el cuadro, es nuestro gregarismo y la tremenda facilidad que tenemos para establecer fronteras entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. La creencia religiosa puede perfectamente ser hija de nuestra sociabilidad y de un desliz de la razón.

Somos primates racionales. Esto significa que a lo largo de la evolución nos ha beneficiado conocer cómo funcionan las cosas y adelantarnos a los acontecimientos, la función de los sistemas nerviosos. En nuestro caso lo hemos llevado al límite: nuestro éxito evolutivo se basa en comprender relaciones causas-efecto y en usarlas a nuestro favor. Para conseguirlo, la evolución nos ha dotado con un mecanismo curioso: el cerebro nos recompensa cuando resolvemos problemas.

Leer más en: Fe, la paradoja de la razón.

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