Patricia S. Churchland en El cerebro moral. Capítulo 6. HABILIDADES PARA LA VIDA SOCIAL

Publicado: 18 mayo, 2015 en Bases psicológicas, Bases sociológicas, Citas, Humanos, La ética
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El aprendizaje moral de una edad temprana se organiza en torno a prototipos de conducta, y depende de un sistema de recompensas que nos hace sentir dolor emocional ante la perspectiva de ciertos episodios (por ejemplo robar), y alegría emocional ante otros episodios (por ejemplo, el rescate). Por medio del ejemplo, el niño aprende a reconocer el prototipo de la imparcialidad, la grosería, el acoso, el compartir y la ayuda. Esta comprensión también se configura a partir de los chismorreos del grupo, sus relatos y canciones. Tal como nos recuerda el filósofo Simón Blackburn:

El entorno emocional y moral en el que crecen los niños es amplio e incluye numerosas facetas, todas ellas cuidadosamente elaboradas por sus criadores, llenas de dramones, historias, sagas y habladurías con héroes y villanos, amenizadas con sonrisas y gestos de desaprobación así como abundantes señales de estimación y rechazo, asimiladas poco a poco por la práctica, la imitación, la corrección y el perfeccionamiento.

Puesto que el dolor generalizado del rechazo y la desaprobación genera repulsa, y el placer de la aprobación y el sentimiento de pertenencia resultan gratificantes, lo aprendido en materia de prácticas sociales tiene como consecuencia un intenso valor emocional. Tan arraigados están esos sentimientos sobre lo que es correcto o incorrecto que pueden llegar a adquirir la condición de un origen divino. En tal caso, dichas prácticas se considerarán objetivas y universales. Las prácticas del propio clan pueden parecer absolutas y racionales; las prácticas diferentes, en cambio, pueden parecer bárbaras e irracionales.

En conjunto, probablemente la interiorización de los baremos sociales a través del sistema de recompensas y penalizaciones sirva bastante bien a los grupos sociales humanos. Las personas arriesgaran mucho, a veces incluso su vida, para defender al grupo, o bien un principio como la abolición de la esclavitud o la idea de que existe el cielo.

Algunas actitudes arraigadas, como la hostilidad a grupos externos en forma de racismo, por ejemplo, pueden ser especialmente resistentes al cambio. En estos casos, la profunda interiorización de las prácticas sociales puede no servir bien al grupo, sino que contribuye a reforzar las inestabilidades y a incurrir en distintas clases de coste, no solo social. En los últimos tiempos, el conflicto étnico en Ruanda y en los Balcanes nos han recordado que la hostilidad hacia personas que no pertenecen a una comunidad puede estar muy arraigada y provocar efectos desastrosos.

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