Patricia S. Churchland en El cerebro moral. Capítulo 7. NO COMO NORMA

Publicado: 14 octubre, 2015 en Bases biológicas, Bases psicológicas, Bases sociológicas, Humanos
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“Cuando el sistema de recompensas responde a las experiencias de dolor y satisfacción, se adquieren habilidades sociales y se establecen hábitos. Los hábitos constituyen una poderosa limitación, y representan soluciones que funcionaron lo suficientemente bien en el pasado como para instaurarse en el sistema de recompensas, aprovechando así el proceso de satisfacción de limitaciones. Los hábitos reflejan el aprendizaje social sobre lo que al grupo considera correcto o incorrecto. Los hábitos también reflejan un aprendizaje sobre el mundo físico. Al seleccionar un sendero por una pista de esquí o las palabras con las que debo responder a la pregunta de un estudiante, mis experiencias recientes y las valoraciones no conscientes de las circunstancias son límites poderosos y cruciales sobre la elección de la conducta.

Mi objetivo no es burlarme de los intentos bien intencionados de formular normas óptimas para nuestras complejas sociedad. De hecho, mi objetivo es explicar, aunque sea de forma esquemática, el modo en que los seres humanos son capaces de valorar que una ley es mala, buena, o justa, y hacerlo sin apelar a una ley aún más profunda —algo que en realidad se hace con cierta regularidad—. Tal como hemos comentado anteriormente, la evaluación se asienta en las emociones y las pasiones que son endémicas en la naturaleza humana, así como en los hábitos sociales adquiridos durante la infancia. Los procesos evaluativos sacan el mayor provecho posible de la memoria y de la capacidad para resolver problemas. La razón no crea valores, sino que se configura en torno a ellos y los lleva hacia nuevas direcciones.

Predecir cómo los demás reaccionarán es una acción prudente porque la reputación de ser amable, justo y trabajador, en contraposición a ser avaro, tramposo y vago, por ejemplo, tiene un gran impacto en la prosperidad de una persona. Acostumbrarse a ser sensible a las necesidades y los sentimientos de los demás, un hábito que tratamos de inculcar a los niños, también es una práctica moral sabia.

Así pues, la respuesta fundamental a por que los filósofos morales no han aceptado simplemente la Regla de Oro como norma incondicional de aplicación universal que sirva para guiar nuestras acciones es bastante sencilla: porque no es una norma incondicional de aplicación universal.”

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