Archivos para agosto, 2016

BEGOÑA PIÑA

@begonapina

MADRID.— Stanley Milgram dejó en shock al mundo entero con el experimento socio-psicológico que realizó a principios de los sesenta. “Nos faltan recursos para resistir a la autoridad”: fue una de las inimaginables y turbadoras conclusiones de una investigación que sigue siendo de las más relevantes en su campo y también de las más criticadas y polémicas. El americano Michael Almereyda recupera ahora aquella historia que conmocionó al planeta con su película Experimenter: la historia de Stanley Milgram, con la que plantea de nuevo a los espectadores una muy incómoda cuestión ética.

El juicio contra Adolf Eichman, responsable directo de los transportes de deportados a los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y, sobre todo, las crónicas que sobre aquel proceso hizo la filósofa Hannah Arendt enviada a Israel por The New Yorker, pusieron en marcha a Milgram. ¿Por qué personas civilizadas participan en actos destructivos e inhumanos? ¿por qué el genocidio fue tan sistemático y eficiente? ¿cómo es posible que los responsables vivieran en paz consigo mismos? Eran algunas de las preguntas que el psicólogo neoyorquino se hacía. Quería comprender, descifrar las claves Holocausto.

Cimentar la teoría de Hannah Arendt

Dos años después del juicio, en 1963, Hannah Arendt publicó su teoría sobre ‘la banalidad del mal’, con la que provocó una colosal controversia. Ella no describió a Eichman como a un monstruo sino como a un burócrata, un tipo que cumplía órdenes. Ello y la denuncia acerca de la cooperación de los consejos judíos con los nazis provocó que se levantara un agresivo movimiento contra la pensadora. Stanley Milgram consiguió con su experimento las pruebas suficientes de la verdad que contenía aquella teoría.

¿Por qué personas civilizadas participan en actos destructivos e inhumanos? ¿por qué el genocidio fue tan sistemático y eficiente? ¿cómo es posible que los responsables vivieran en paz consigo mismos? 

En agosto de 1961, poco antes de que terminara el juicio contra Eichman, el psicólogo inició en Yale su experimento. A los voluntarios que se presentaron se les contó que era una investigación sobre la memoria. Ellos creían, en el papel de ‘maestros’ que les había tocado, que estaban dando descargas eléctricas a un desconocido, otro voluntario al que le había caído el papel de ‘aprendiz’.

Este en realidad formaba parte del equipo, las descargas no eran reales, pero los ‘maestros’ no podían verle, aunque sí escuchaban unas grabaciones con gritos y súplicas de que parasen. Los voltios aumentaban de 15 en 15 con cada error a las preguntas, desde los 15 a los 450 voltios.

Resultados estremecedores

En realidad se trataba de un experimento sobre la obediencia, sobre la relación de las personas con la autoridad, que pretendía medir la capacidad de disposición de un individuo a obedecer órdenes autoritarias a pesar de estar éstas enfrentadas a su propia conciencia. Buscaba respuesta a la pregunta de “¿cuánto tiempo puede alguien seguir dando descargas a otra persona si se le dice que lo haga, incluso si creyera que se le pueden causar heridas graves?”. Sin olvidar que los dos sujetos eran desconocidos y que el ‘maestro’ –que recibía una descarga auténtica para que se pusiera en situación- sabía que le podría haber tocado el papel de ‘aprendiz’. Los colegas de Milgram auguraron que entre el 1 y el 3% no dejarían de dar descargas y pensaban que debían ser individuos “psicópatas o morbosos” para hacerlo.

Quería medir la disposición a obedecer órdenes autoritarias frente a su propia conciencia

Dos días antes de que se llevara a cabo la ejecución de Adolf Eicheman, se terminó el experimento con unos resultados estremecedores. El 65% de los participantes no dejó de realizar descargas, ninguno de ellos se detuvo cuando el ‘aprendiz’ dijo que tenía problemas cardíacos y prácticamente nadie fue a abrir la puerta para ver cómo se encontraba. “No podemos escapar a la naturaleza humana”, concluyó Milgram, que sentenció que todos pensábamos que teníamos que hacer lo que se nos decía, sobre todo si provenía de personas con autoridad.

Origen: “Nos faltan recursos para resistir a la autoridad” | Diario Público

Ahora que vivimos tiempos interesantes en España (siguiendo la maldición china) es bueno preguntarnos si hemos tomado las decisiones correctas y plantearnos si el sistema que seguimos para tomarlas es el más adecuado o no. Una de las lecciones que hemos aprendido es que, a pesar de las campañas, a pesar de los escándalos de corrupción, los partidos mantienen sus porcentajes de voto y, en algún caso, los aumentan. ¿Cuál es la causa de esa persistencia en nuestra decisión por unos u otros partidos?

Los estudios recientes en neurociencia confirman que estamos decididos a mantener nuestras opiniones ante los hechos que las ponen en duda, preferimos nuestros preconceptos y esto nos da satisfacción y seguridad. Ignoramos lo que nos dicen otras partes del cerebro y preferimos la seguridad cuando las decisiones son tan complejas; nuestras emociones están por encima de las razones. Y la recomendación de los expertos es reunir toda la información posible, pero tomarnos nuestro tiempo para madurarla y decidir sin hacer tanto caso a nuestra parte racional.

Origen: ¿Por qué seguimos votando a los mismos? Así es la neurociencia del voto | Ciencia | EL PAÍS