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“Esta capacidad de “nuestra naturaleza” ha llevado a una larga lista de biólogos evolutivos y psicólogos a especular sobre la base genética de la cooperación. Aunque debemos ser precavidos en un aspecto: gran parte de la conducta cooperativa humana puede explicarse por cualidades que son distintas a la cooperación tal y como se definiría en términos biológicos (es decir, como producto de la selección). Por ejemplo, una fuerte predisposición social, junto con el deseo de pertenencia y el aprendizaje de prácticas sociales,

los seres humanos son muy capaces de aprender de su experiencia del pasado para establecer analogías con un problema al que se enfrentan en la actualidad, y aplicar una solución parecida a la que aplicaron en el pasado. Al parecer, estas habilidades se cuentan entre las que Aristó teles tenía en mente cuando, en su Ética Nicomáquea, debatió con todo lujo de detalles la adquisición de la virtud social y la sabiduría a través de la experiencia.

REDES GENÉTICAS

Todos los datos indican que la mayoría de productos genéticos (por lo general, proteinas, pero también pueden ser ARN —ácido ribonucleico—) desempeñan múltiples tareas en el cuerpo y el cerebro. Es decir, la proteína que un gen codifica puede desempeñar un papel en muy distintas funciones, como por ejemplo en la creación de un hígado, en mantener la membrana interna del esófago, en recoger un neurotransmisor extra de un sinapsis y en la modificación de la membrana de una neurona durante el aprendizaje. Por ejemplo, la serotonina participa de la regulacion cardiovascular, la respiración, el ritmo cardíaco, los ciclos del sueño y la vigília, el apetito, la agresividad, la conducta ssexual, la reactividad sensoriomotora, la sensibilidad al dolor y el aprendizaje de las recompensas.

los genes forman parte de unas redes, de modo que se influyen e interactúan entre sí y también con rasgos del entorno.

Las complejidades se van acumulando. Puesto que los genes y sus productos participan de la construcción del cuerpo y el cerebro, y puesto que el sistema nervioso interactúa con el entorno de manera que, a su vez, puede provocar cambios en la expresión genética, resulta muy poco probable que una conducta sensible a una situación concreta, como l agresión o la cooperación, pueda establecer vínculo causales con la presencia de un solo gen o incluso con un par de genes.

Es casi seguro que la conducta social de los mamíferos depende de los genes de la oxitocina (OXT), los receptores de oxitocina (OXTR), la vasoprexina (VPA), los opiáceos endógenos, la dopamina, los receptores de dopamina, la serotonina y los receptores de serotonina, así como los genes implicados en el desarrollo de los circuitos que prestan apoyo a las extensas vías del nervio vago en todo el cuerpo. Eso para empezar.”

En la especie humana es más difícil llevar a cabo este tipo de estudios, pues no existen grupos claramente cooperadores y otros  no cooperadores. Pese a ello, se está investigando el posible papel que puedan jugar una serie de genes concretos que modulan la síntesis de neuropéptidos (hormonas que se expresan sobre todo en el cerebro) en relación con los comportamientos cooperadores y egoístas.

Así, en una de estas hormonas, la oxitocina, se ha comprobado que hay algunas variaciones de un solo nucleótido dentro del gen que controla la síntesis de su receptor en las células. Estas variaciones nucleotídicas determinan cambios en el nivel de oxitocina, lo que a su vez, puede tener relación con un mayor o menor comportamiento cooperativo. Algunas personas con ciertos nucleótidos en el gen del receptor tienen menor cantidad de oxitocina en las células y pueden presentar comportamientos más altruistas, mientras que otras, con diferentes nucleótidos en dicho gen, presentarían mayor cantidad de oxitocina y por ello, comportamientos más egoístas. Otras variaciones nucleotídicas en genes receptores de neuropéptidos (como la vasopresina o la dopamina), o en la enzima monoaminooxidasa (relacionada con esta última hormona), se han tratado de asociar con comportamientos altruistas o egoístas.

El problema en todos estos estudios es que es muy difícil medir las predisposiciones altruistas y egoístas de forma directa en nuestra especie. Por ello, se utilizan medidas indirectas, como la habilidad de las personas para la orientación espacial (que según algunas investigaciones podría estar correlacionada negativamente con el altruismo), o su destreza en juegos de ordenador de tipo “económico” etc.

Por lo tanto, de momento, lo que sí parece cierto es que en nuestra especie existen de forma natural estas tendencias, aunque no sepamos-y quizás no lo sepamos nunca-, los genes o conjuntos de genes que están implicados. Y además,y quizás esto es lo más importante, hay que considerar que estos comportamientos tan complejos se pueden deber, además de a nuestro bagaje genético, a muchas circunstancias socioculturales, estando unidos ambos factores inextricablemente.

vía Los genes del egoísmo – OpenMind.

“Por supuesto, los humanos y los perros han cooperado de muy diversas formas, posiblemente desde hace unos treinta mil años.

CONFIANZA Y OXITOCINA: ¿QUÉ SABEMOS SOBRE SUS EFECTOS EN LOS SERES HUMANOS?

la cooperación y la confianza son sensibles a los niveles de OXT.

El éxito en el mundo social depende de aprender las costumbres y los perfiles de los demás; cuanto más sofisticada y precisa sea la maquinaria predictiva —hacerse a la idea de los estados mentales de los demás— mayores serán las ventajas.

Otro resultado —descrito como de carácter muy preliminar— ha demostrado que los niveles de OXT en el fluido cerebroespinal de las mujeres que habían sufrido malos tratos infantiles o abandono eran mucho menores que los de quienes no los habían padecido. Las categorías de abuso incluían el maltrato físico, emocional, abusos sexuales, abandono físico o emocional. Los sujetos que habían registrado traumas en más de tres categorías registraban niveles de OXT muy inferiores a los que habían sufrido una única categoría de trauma. No se aportó ninguna información acerca de su conducta social, y los autores del estudio señalan que antes de extraer conclusiones debería estudiarse una muestra mucho más amplia.

A pesar de que los datos presentados demuestran que existen relaciones importantes entre la conducta social, la OXT, la VPA y sus receptores, entender la naturaleza precisa de estas relaciones requerirá una mayor comprensión de cómo se toman las decisiones, y del modo en que la percepción afecta y es afectada por las emociones.

En el centro de esta compleja red de conexiones neurales se encuentra la oxitocina (OXT), un poderoso péptido que en los mamíferos se encarga de organizar el cerebro de modo que el cuidado y la atención a uno mismo se extienda a los bebés, y de ahí a un círculo cada vez más amplio de relaciones de cuidado.

En condiciones de seguridad, cuando el animal se encuentra entre amigos y familiares y los niveles de OXT son elevados, los miembros de la pareja se cuidan entre si, se acarician y se relajan.

Aunque la relación entre OXT y los opiáceos endógenos aún no se comprende del todo, parece ser que en muchas condiciones en las que se libera OXT también se liberan opiáceos endógenos. Es decir, que obrar bien sienta bien, al menos en algunas ocasiones.

tal como argumentan Robert Boyd y Peter Richerson, en los seres humanos la ampliación de esa cooperación más allá de la propia prole y de los miembros conocidos de la tribu se fue generalizando después de la implantación de la práctica agrícola hace unos diez mil años. Cuando la fuente principal de alimento eran la caza y las expediciones, como ocurría por ejemplo en las distintas tribus inuit en la época en la que el antropólogo Franz Boas las estudió entre 1883 y 1884, la competitividad por los recursos tendía a mantener separados a los distintos grupos, salvo en su reunión anual para intercambiar utensilios y otros bienes, o para reunirse con los miembros de la familia.

sin ninguna duda que los niveles de confianza y cooperación con desconocidos son mucho mayores entre las personas cuyos grupos tienen una mayor “integración en el mercado” (un término que emplean los antropólogos para referirse a la proporción de calorías de la dieta que se compran o se intercambian, a diferencia de lo que ocurre en el grupo que cultiva o caza) A medida que los asentamientos humanos iban creciendo hasta dar cabida a miles de individuos las ventajas de interactuar con miembros de familias distintas  con desconocidos se hacían cada vez más evidentes, de modo que llegaron a estabilizar prácticas justas de comercio. Al mismo tiempo, cada vez más se fueron creando instituciones para estructurar la cooperación y penalizar su ausencia —instituciones que regulan la propiedad de la tierra, la herencia, el trueque y el comercio, y que además comparten el coste de los servicios comunes—..

La evolución actúa como MacGyver, un tipo capaz de construir artefactos con los que derrotar a un ejército aprovechando los adminículos que se pueden encontrar en una ferretería de pueblo. Como el agente especial que protagonizaba la serie de los ochenta, la selección natural toma las herramientas que tiene a mano y les da nuevos usos. Un ejemplo son las plumas, que funcionaban como un sistema de climatización para los dinosaurios y acabaron sirviendo para volar. Otra muestra de la forma de operar de la naturaleza son las manos humanas. Con un pulgar enfrentado al resto de dedos, permiten manejar con precisión desde puntas de lanza hasta pinceles y se consideran un paso fundamental en el proceso de humanización. Sin embargo, como mostraba un estudio reciente, nuestros ancestros tenían manos modernas mucho antes de que sus cerebros fuesen capaces de utilizarlas para crear tecnología. Es posible que aquellas herramientas resultasen ya útiles para hurgar en el tronco de los árboles en busca de comida o recolectar raíces, y después, cuando la aparición de una mente más compleja lo hizo posible, se acabasen empleando para tareas más sofisticadas.

Nuestro cerebro, como otras partes del cuerpo, también es un collage de piezas heterogéneas que resultaron útiles en algún momento de la historia evolutiva o, al menos, no fueron tan nocivas como para ser descartadas. Ese gusto por el reciclaje ha tomado un nuevo significado cuando se trata del cerebro de una especie como la humana, que a través de la cultura ha reformulado las reglas de la evolución.

Leer más en: El cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas | Ciencia | EL PAÍS.

APEGO A LAS PAREJAS

Aunque a veces damos por sentado que se trata de un patrón único que caracteriza a los seres humanos, lo cierto es que el apego a largo plazo a una pareja se halla en un 3% de todos los mamíferos, incluidos los castores, los marmosetas, los macacos tití, los gibones, el ratón de patas blancas, los ratones de campo y el ratón de los pinos. Sin embargo, la mayoría de mamíferos, aunque sean sociales, son promiscuos o estacionales en sus pautas de emparejamiento. Una proporción mucho más elevada de aves (cerca del 90%) sienten una fuerte preferencia por su pareja y mantienen relaciones a largo plazo. Nuestros parientes vivos más cercanos (los chimpancés y los bonobos) no establecen relaciones de pareja a largo plazo, y lo mismo ocurre en la mayoría de roedores y monos.

El apego a largo plazo a una pareja es una forma altamente significativa de sociabilidad: amamos al otro, queremos emparejarnos con él, estar juntos, verle prosperar y cuidarlo. Nos entristecemos durante la separación o cuando nuestra pareja está herida o amenazada. Cuando una pareja fallece, el miembro superviviente se deprime y a veces le cuesta mucho recuperrse de esa tristeza. Sin embargo, el apego a una pareja no implica exclusividad sexual —tal y como revelan estudios genéticos en roedores y humanos—, lo cual podría estar relacionado con la diversidad genética, tal y como sugieren los estudios sobre el topo común (que tiene el evocador nombre científico de Cryptomys hottentotus hottentotus)”

LOS MECANISMOS DEL APEGO A LA PAREJA

Desde hace poco sabemos que la dopamina desempeña una función en el afecto entre las parejas y en la conducta paternal/maternal. Se necesita tener acceso a los receptores de dopamina D2 para formar un vínculo afectivo de pareja, mientras que la activación de los receptores de dopamina D1 bloquean ese mismo vínculo. Después de la formación del vínculo, los receptores de D1 se regulan al alza, impidiendo así la formación de un segundo vínculo. Para que la dopamina funcione en los emparejamientos, sus receptores D2 tienen que estar situados cerca de los receptores de la OXT en las mismas neuronas del sistema de recompensas;

“La oxitocina, un péptido muy antiguo (una cadena de aminoácidos), se encuentra en el centro de la complicada red de adaptaciones de los mamíferos pata el cuidado de los demás, anclando de este modo las muy variadas versiones de sociabilidad que hemos visto, en función de la evolución del linaje en cuestión (véase figura 2.1). La oxitocina se halla en todos los vertebrados, pero la evolución del cerebro mamífero adaptó la oxitocina a las nuevas tareas de cuidado de la descendencia y, con el paso del tiempo, también a la tarea de ampliar el círculo de sociabilidad.

podemos afirmar que los mamíferos están motivados para aprender prácticas sociales porque el sistema negativo de recompensas, que regula el dolor, el miedo y la ansiedad, responde a la exclusión y a la desaprobación, y el sistema positivo de recompensas responde a la aprobación y al afecto.

En definitiva, la idea es que el apego —refrendado por el dolor de separación y el placer de l compañía y gestionado por complejos circuitos neuronales y sustancias neuroquímicas— constituye la plataforma neurológica de la moralidad.