Posts etiquetados ‘Patricia S. Churchland’

“Cuando el sistema de recompensas responde a las experiencias de dolor y satisfacción, se adquieren habilidades sociales y se establecen hábitos. Los hábitos constituyen una poderosa limitación, y representan soluciones que funcionaron lo suficientemente bien en el pasado como para instaurarse en el sistema de recompensas, aprovechando así el proceso de satisfacción de limitaciones. Los hábitos reflejan el aprendizaje social sobre lo que al grupo considera correcto o incorrecto. Los hábitos también reflejan un aprendizaje sobre el mundo físico. Al seleccionar un sendero por una pista de esquí o las palabras con las que debo responder a la pregunta de un estudiante, mis experiencias recientes y las valoraciones no conscientes de las circunstancias son límites poderosos y cruciales sobre la elección de la conducta.

Mi objetivo no es burlarme de los intentos bien intencionados de formular normas óptimas para nuestras complejas sociedad. De hecho, mi objetivo es explicar, aunque sea de forma esquemática, el modo en que los seres humanos son capaces de valorar que una ley es mala, buena, o justa, y hacerlo sin apelar a una ley aún más profunda —algo que en realidad se hace con cierta regularidad—. Tal como hemos comentado anteriormente, la evaluación se asienta en las emociones y las pasiones que son endémicas en la naturaleza humana, así como en los hábitos sociales adquiridos durante la infancia. Los procesos evaluativos sacan el mayor provecho posible de la memoria y de la capacidad para resolver problemas. La razón no crea valores, sino que se configura en torno a ellos y los lleva hacia nuevas direcciones.

Predecir cómo los demás reaccionarán es una acción prudente porque la reputación de ser amable, justo y trabajador, en contraposición a ser avaro, tramposo y vago, por ejemplo, tiene un gran impacto en la prosperidad de una persona. Acostumbrarse a ser sensible a las necesidades y los sentimientos de los demás, un hábito que tratamos de inculcar a los niños, también es una práctica moral sabia.

Así pues, la respuesta fundamental a por que los filósofos morales no han aceptado simplemente la Regla de Oro como norma incondicional de aplicación universal que sirva para guiar nuestras acciones es bastante sencilla: porque no es una norma incondicional de aplicación universal.”

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aunque la resolución de problemas sociales puede, con el tiempo, culminar en reglas específicas, los baremos implícitos las anteceden de un modo más básico y surgen a partir de unos valores compartidos, es decir, de prácticas que la mayoría de personas captan sin ser aleccionados sobre ello, haciéndolo solo por imitación y observación... El grado de contacto visual que se debe establecer con un desconocido, cúando inhibir la risa, o cuándo deja de ser aceptable adular a un profesor también son conductas que se aprenden implícitamente, y pueden variar entre culturas. En cambio, las leyes que prohíben el trabajo infantil en las fábricas y minas, las que limitan el poder del monarca para recaudar impuestos o las que utilizan para costear un sistema de alcantarillado son normas explícitas, y surgen de la percepción de dolor y tristeza que se desprenden del statu quo, así como el reconocimiento colectivo de que las cosas podrían ir mejor si se modifica el modo en que se llevan a cabo.

Para las personas que están dispuestas a cambiar el estado actual de las cosas, transformar un ideal ambiguo en una ley en vigor suele requerir un gran dispendio de tiempo y energía, y a veces se incurre en un gran coste personal. No es de extrañar que las consecuencias imprevistas de una nueva legislación echen a perder las aspiraciones sinceras de quienes han deseado mejoras sociales, como ocurrió con la ley de Estados Unidos (1920-1933) que prohibía la fabricación, la importación, el transporte y la venta de bebidas alcohólicas… Con el paso del tiempo, las leyes pueden sufrir modificaciones por muchas razones, algunas de las cuales pueden servir a los intereses de un poderoso subgrupo; otras, al bienestar del grupo en su conjunto, y otras reflejarán los desvaríos psiquiátricos de un déspota manipulador.

En opinión de Aristóteles, la sabiduría social depende del desarrollo temprano de adquirir buenos hábitos, así como de la capacidad para razonar juiciosamente sobre cuestiones sociales específicas. Requiere tener habilidades complejas, incluida la habilidad para tratar de un modo efectivo con el desorden y la inestabilidad social, anticiparse a las consecuencias de un plan y predecir nuevos problemas, así como la habilidad para negociar productivamente sobre las normas explícitas y las instituciones. Las buenas instituciones, como el juicio con jurado en vez del juicio de Dios, o las instituciones que regulan nuestras divisas, tienen un fuerte impacto en el bienestar de los individuos dentro de los grupos sociales, así como en el modo en que se moldean las respuestas del individuo a los problemas sociales. Según Aristóteles, lo más importante para llevar una vida digna es desarrollar buenas instituciones para proporcionar una estructura armoniosa a la vida social de los individuos que viven en una ciudad o un estado. “

ATRIBUIR ESTADOS MENTALES PROPIOS Y AJENOS

Los seres humanos  tienen la habilidad de atribuir objetivos, deseos, intenciones, emociones y creencias. Podemos concebir el mundo desde la perspectiva de otra persona, y podemos imaginarnos escenarios futuros.

IMITACIÓN, MIMETISMO INCONSCIENTE Y CAPACIDADES SOCIALES

el mimetismo inconsciente. Los estudios psicológicos sobre el mimetismo inconsciente en seres humanos muestran que la postura, los gestos, la inflexión de la voz y las palabras de una persona son mimetizadas inconscientemente por otra. La mayoría de personas llevan a cabo con regularidad estos actos de imitación y los integran en sus interacciones sociales normales.

la mímica inconsciente desempeña un papel significativo en procesos de afiliación y en el establecimiento de una relación cordial. Por cierto, si estás en una reunión en la que quizá no conoces a varias personas e intentas inhibir tu mimetismo, seguramente tendrás dificultades de socialización. La tendencia habitual es sonreír cuando los demás también lo hacen, reírse con los demás, levantarse, etcétera.

La actuación imitativa predice que el bebé tiene los recursos neuronales para aprender lo que necesita para sobrevivir, especialmente en el mundo social, pero también en otros ámbitos. Más concretamente, un bebé que pueda imitar tendrá un cerebro social normal. Si el resto de elementos son normales, una capacidad de aprendizaje social normal es un buen indicativo de que el niño prosperará, y por tanto merece la pena invertir en ello —hablando en términos biológicos— La imitación indica la presencia de una capacidad social, es decir, la capacidad de aprender a predecir lo que los demás harán y sentirán, la capacidad de aprender prácticas grupales y la capacidad emocional para comportarse adecuadamente… En cambio, si el bebé no consigue imitar, esa carencia indica que las cosas no irán bien para el pequeño… No gusta la imitación en contextos sociales (me río cuando te ríes, me como el filete asado cuando tú te lo comes, etcétera) porque la conducta imitativa (en su justa medida) es un poderoso indicio de competencia social que me permite predecir que eres muy parecido a mí. En definitiva, a todos nos gusta la imitación porque nos revela que tu cerebro frontal es muy parecido al mío.

sentir que alguien es de confianza suscita una emoción positiva de unión que se relaciona con la oxitocina. Nuestra imitación mutua también podría indicar que cuidamos de nuestras respectivas reputaciones de una forma normal; es decir, de un modo que favorece la armonía del grupo y la buena ciudadanía.

Sin embargo, una conducta extraña provoca ansiedad en mí porque no puedo predecir lo que harás —si serás peligroso o desagradable— puesto que una persona peligrosa o desagradable entre nosotros puede provocarnos dolor. La posibilidad de que seas una persona peligrosa hace subir mis niveles de cortisol, ya que tengo que estar en situación de alerta, un estado de mi cerebro que no me resulta agradable.

antes de aceptar a un miembro nuevo, el clan querrá asegurarse de que los recién llegados no son problemáticos a nivel cognitivo o emocional. Como filtro preliminar de la confianza, y por tanto de un cerebro social normal, el mimetismo, aunque sea inconsciente, nos sirve bastante bien.

en el campo del aprendizaje social que demuestran que la mayoría de sujetos prefieren imitar a personas de éxito, sea cual sea el ámbito de actividad en el que se refleje ese éxito.”

ADQUIRIR UNA CONCIENCIA

El aprendizaje moral de una edad temprana se organiza en torno a prototipos de conducta, y depende de un sistema de recompensas que nos hace sentir dolor emocional ante la perspectiva de ciertos episodios (por ejemplo robar), y alegría emocional ante otros episodios (por ejemplo, el rescate). Por medio del ejemplo, el niño aprende a reconocer el prototipo de la imparcialidad, la grosería, el acoso, el compartir y la ayuda. Esta comprensión también se configura a partir de los chismorreos del grupo, sus relatos y canciones. Tal como nos recuerda el filósofo Simón Blackburn:

El entorno emocional y moral en el que crecen los niños es amplio e incluye numerosas facetas, todas ellas cuidadosamente elaboradas por sus criadores, llenas de dramones, historias, sagas y habladurías con héroes y villanos, amenizadas con sonrisas y gestos de desaprobación así como abundantes señales de estimación y rechazo, asimiladas poco a poco por la práctica, la imitación, la corrección y el perfeccionamiento.

Puesto que el dolor generalizado del rechazo y la desaprobación genera repulsa, y el placer de la aprobación y el sentimiento de pertenencia resultan gratificantes, lo aprendido en materia de prácticas sociales tiene como consecuencia un intenso valor emocional. Tan arraigados están esos sentimientos sobre lo que es correcto o incorrecto que pueden llegar a adquirir la condición de un origen divino. En tal caso, dichas prácticas se considerarán objetivas y universales. Las prácticas del propio clan pueden parecer absolutas y racionales; las prácticas diferentes, en cambio, pueden parecer bárbaras e irracionales.

En conjunto, probablemente la interiorización de los baremos sociales a través del sistema de recompensas y penalizaciones sirva bastante bien a los grupos sociales humanos. Las personas arriesgaran mucho, a veces incluso su vida, para defender al grupo, o bien un principio como la abolición de la esclavitud o la idea de que existe el cielo.

Algunas actitudes arraigadas, como la hostilidad a grupos externos en forma de racismo, por ejemplo, pueden ser especialmente resistentes al cambio. En estos casos, la profunda interiorización de las prácticas sociales puede no servir bien al grupo, sino que contribuye a reforzar las inestabilidades y a incurrir en distintas clases de coste, no solo social. En los últimos tiempos, el conflicto étnico en Ruanda y en los Balcanes nos han recordado que la hostilidad hacia personas que no pertenecen a una comunidad puede estar muy arraigada y provocar efectos desastrosos.

EL CONOCIMIENTO SOCIAL, EL APRENDIZAJE SOCIAL Y LA TOMA DE DECISIONES SOCIALES

La vida social de los humanos, tanto si se encuentran en pueblos cazadores-recolectores, como en pequeñas localidades o en grandes ciudades, parece ser mucho más compleja que la de los babuinos o los chimpancés. Un rasgo típico de lo seres humanos es su conocimiento detallado del carácter, el temperamento, las relaciones de parentesco y la reputación de numerosos individuos. Además, los seres humanos son especialmente hábiles para ajustar la conducta según el contexto —en las bodas, los funerales, las ferias comerciales, en una catástrofe, de caza, en el trabajo, en la guerra, etcétera—. El conocimiento sobre cómo comportarse en distintos contextos se adquiere a menudo sin una instrucción explícita de las convenciones que regulan ese contesto. Aunque la motivación para adquirir conocimiento sobre prácticas sociales puede surgir de la predisposición del cerebro a pertenecer a un grupo y a rechazar la separación, lo cierto es que también se necesitan hechos y habilidades específicas.

Los seres humanos son imitadores consumados, tal vez mucho más que cualquier otro mamífero. La capacidad para imitar una habilidad aprendida por un mayor proporciona al joven humano una ventaja singular: no tiene que aprender mediante ensayo y error.

El instinto de aprender por imitación junto con la actualización de ese conocimiento con ideas nuevas es lo que genera una acumulación gradual de formas inteligentes de hacer las cosas que pueden transmitirse de una generación a la siguiente. Así se crea una cultura.

“En la parte delantera del cerebro yace la corteza prefrontal (CPF), una gran extensión de corteza cuya región anterior se encuentra detrás de la frente. Es la CPF, así como sus vías hacia las estructuras emocionales del cerebro, la que produce la inteligencia en la conducta social humana.

A lo largo de la evolución del cerebro de los homínidos, la CPF se agrandó, de modo que en los humanos es mucho mayor en relación con el tamaño del cuerpo que en nuestros parientes mamíferos,

Los neurocientíficos consideran que las ventajas selectivas de la CPF incluyen una mayor capacidad para predecir, tanto en el ámbito social como en el físico, unida a una mayor capacidad para capitalizar esas predicciones retrasando la gratificación y ejerciendo medidas de autocontrol.

Durante el proceso de maduración, la CPF va a la zaga del resto de zonas corticales, y en los seres humanos algunos estadios del desarrollo neural de la CPF no maduran hasta la edad adulta, un hallazgo que parece coherente con la apreciación común de que, en su conducta social y su capacidad de autocontrol, los adolescentes no son del todo maduros.

“Otra recomendación de carácter más general: en lo tocante a la conducta cooperativa, a diferencia del reflejo del parpadeo, apelar a la cualidad innata de un rasgo no nos ofrece demasiada información. Esto se debe a que lo que media en la conducta es el circuito neuronal —tal como hemos explicado— es el resultado de las interacciones entre genes; entre los genes, las neuronas y el entorno; entre las neuronas y el entorno; entre las neuronas, y entre el cerebro y el entorno. Es indudable que los genes desempeñas un papel determinante en lo que somos, pero nos falta saber exactamente cuál es ese papel.

Tal como están las cosas, lo cierto es que no es posible postular la existencia de “genes para decir la verdad”. Según lo apuntado anteriormente, si la relación entre la agresividad y los genes de la mosca de la fruta es complicada, entonces no es de extrañar que la relación entre los genes y los valores humanos defendidos por los seres humanos, con su enorme corteza prefrontal, su inmadurez en el momento de nacer y el nivel asombroso de tareas que deben aprender, parezca ser aún más complicada.

Aristóteles y Confucio ya se dieron cuenta de que el contexto es importante, y por eso consideraban que el conocimiento moral se asentaba en las habilidades y la disposición de una persona, no en un conjunto de normas