Posts etiquetados ‘Xenofobia’

Genocidio armenioHan pasado cien años desde las masacres de armenios en Turquía durante las que fueron asesinadas más de un millón de personas. Sin embargo, Ankara todavía sigue rechazando que se aplique la palabra “genocidio” y utiliza todos los medios de presión a su alcance para evitar que se le asocie con un concepto que, como explica Richard Dicker, experto jurídico de Human Rights Watch, “es una alegación tóxica, profundamente vergonzosa para un Estado”.

Aunque reconoce las matanzas, asegura que se produjeron dentro del marco de la I Guerra Mundial. Y muchas veces lo consigue: el pasado miércoles, la Comisión de Exteriores del Congreso evitó emplear la palabra durante un homenaje a las “víctimas armenias”. De hecho, 14 de los 28 países de la UE no han hablado de genocidio, España entre ellos, un concepto que aplican la inmensa mayoría de los historiadores cuando se refieren a este caso. Qué es y qué no es genocidio es una cuestión que siempre ha tenido una enorme carga jurídica, pero también emocional, y que ha vuelto a la actualidad no sólo con el centenario del genocidio armenio, sino también con el auto en el que el juez de la Audiencia Nacional, Pablo Ruz, procesó a 11 militares marroquíes por genocidio en el Sáhara Occidental.

 

“Hay razones legales y no legales que explican por qué siempre ha habido un debate tan encendido a la hora de definir algunos episodios de violencia masiva como genocidio”, explica Diane Orentlicher, profesora de Derecho Internacional en la American University, experta en justicia internacional que ha asesorado tanto a la ONU como al Departamento de Estado. “Legalmente, la convención sobre genocidio de 1948 define el crimen de manera muy estricta: sólo algunos actos constituyen violencia genocida y, más importante, tienen que haber sido cometidos con una intención muy específica –’el intento de destruir, totalmente o en parte, un grupo nacional, étnico o racial, en su totalidad’–, lo que es muchas veces difícil de probar. Entre las razones no legales, está que el crimen se ha convertido en un estigma muy poderoso”, prosigue.

vía ¿Qué es genocidio? La dificultad para probar el crimen sin nombre | Internacional | EL PAÍS.

Anuncios

Aram Hacikyan pone la máxima concentración cuando agarra la cuerda con la que hace sonar las campanas de la iglesia de Surp Giragos. Sus ojos parecen perdidos, absortos en un tiempo pasado. “Cuando tañen, lo hacen por todos los muertos. Para mí, supone una mezcla de sentimientos, de emociones, de felicidad”. No es de extrañar, ya que Aram, de 55 años, es uno de los pocos armenios que queda en Diyarbakir (sudeste de Turquía) de lo que hace un siglo era una comunidad de 65.000 almas (hoy son 50.000 en todo el país). Y, por primera vez en su existencia, puede vivir su identidad armenia libremente. Ya no es Vehçet, el nombre propio musulmán que, como muchos otros armenios, se vio obligado a utilizar en público durante años por miedo a ser insultado o perseguido. Ahora es Aram, un nombre armenio, y es, orgullosamente, el campanero de Surp Giragos.

vía La identidad armenia renace en las calles de Turquía | Internacional | EL PAÍS.

“Para mí era un abuso físico y mental… Creo que por eso la mayoría de nuestras hermanas y hermanos fueron a la cárcel o a instituciones mentales. Otros se convirtieron en alcohólicos.”

Doris Kartinyeri, en el libro Kick The Tin, cuenta cómo fue apartada de su familia contra su voluntad tras la muerte de su madre durante el parto, y enviada a un hospicio, que lo describe como “un paraíso para los pervertidos sexuales” y recuerda cómo una “religiosa” le obligaba a acariciarle la entrepierna durante las sesiones de cine cuando era sólo una niña.

“Al volver la vista atrás” continúa Kartinyeri, “me pone enferma pensar que el sistema de la llamada Junta de Protección de los aborígenes y los llamados cristianos tuvieran el poder de apartar a los niños aborígenes de sus familias para internarles en instituciones cristianas. Estas instituciones inculcaban creencias cristianas a los niños, sometiéndoles a lavados de cerebro para introducirles en un sistema que los despojaba de su gente, su cultura, creencias, normas, tradiciones. Teníamos nuestras propias normas, nuestra forma de vida, nuestras propias historias sobre la creación, nuestra espiritualidad. ¿Con qué derecho destruyeron nuestra espiritualidad, nuestra lengua, nuestra familia? ¿Con qué derecho destruyeron nuestro espíritu y lo reemplazaron con sus mitos e historias y normas que no cumplían y que utilizaron para invadir nuestras vidas? Todo en nombre de la religión.”

Otro libro, “Sin secretos: la historia de una niña robada”, narra la historia de

Donna y cómo fue apartada de su madre biológica y adoptada por una pareja blanca. Así, creció siendo negra en un entorno blanco, sufriendo constantemente racismo:

vía Una antropóloga en la luna: blog de antropología.: Mujer Aborigen: generación, género y acción robada..

Este año se conmemora el centenario de la matanza de 1,5 millones de armenios en el imperio otomano

Autor / es: Martín Crespo

Para la mayoría, el 24 de abril es un día normal y corriente. Pero para los ciudadanos de la pequeña República de Armenia y para las comunidades armenias de la diáspora es una fecha marcada dolorosamente en el calendario: hay conmemoran el día en que comenzó, este año hace justo un siglo, el genocidio contra este pueblo cristiano en tierras otomanas. Un millón y medio de armenios asesinados es una cifra terrible; tan terrible como la pasividad de la comunidad internacional, concentrada en la Primera Guerra Mundial, respecto de un genocidio que anticipaba, con demasiadas coincidencias, el holocausto judío, que llegó un par de décadas después.

El arresto y asesinato a manos de las autoridades turcas de setecientos intelectuales armenios en Estambul, el 24 de abril de 1915, es conocido como el Domingo Rojo. Ese día marca la fecha simbólica del comienzo delprimer genocidio del siglo XX , perpetrado con total impunidad durante ocho años por el régimen ultranacionalista de los Jóvenes Turcos que en 1909 había depuesto el sultán Abdülhamit II. En un año y pico se calcula que 1,5 millones de armenios fueron asesinados y 850.000 más fueron desplazados y conducidos, en infernales Marchas de la Muerte, hacia campos de concentración alejados de sus regiones. También recibieron las consecuencias las minorías asiria y griega del imperio, con cientos de miles de muertos más durante ese periodo.

El argumentario turco de los ‘ hechos de 1915 ‘(una directiva gubernamental de 2007 prohíbe que hablar de’ genocidio ‘) se escuda en la convulsa Primera Guerra Mundial, en la que el imperio otomano se implicó de lleno: el temor de Estambul a una solidaridad cristiana entre armenios y rusos en el flanco oriental habría obligado, esgrime oficialmente, a reprimir con contundencia una revuelta en la región de Van, en abril de 1915.

Pero el odio a los armenios y las matanzas, desgraciadamente, eran anteriores al conflicto internacional. En abril de 1909, en medio de la pugna por el poder en Estambul entre aquellos Jóvenes Turcos y el sultán Abdülhamit II, se había producido la matanza de Adana, que dejó entre quince mil y treinta mil armenios muertos en la provincia de Cilicia . Y una década antes, Abdülhamit II mismo había atizado el ataque contra las comunidades minoritarias cristianas en un intento de evitar el desmembramiento de un imperio en horas bajas a través de la turquització: entre 1894 y 1896 se produjeron todo tipo de abusos contra los armenios, con la colaboración de elementos kurdos. Más de doscientos mil asesinatos impunes, un millón de armenios desposeídos de bienes, conversiones forzosas al Islam y trescientos pueblos borrados del mapa en la región de Van fueran el trágico resultado.

Los medios europeos se hicieron eco de aquellas ‘matanzas hamidianes’, y llegaron a calificar el instigador, Abdülhamit II, de soldó asesino y sanguinario. Pero la reacción internacional no pasó de ahí, como tampoco lo hubo en los ataques posteriores del 1909. Ambos episodios, ocurridos con total impunidad, fueron los precedentes directos del genocidio de 1915 , perpetrado fríamente y calculadamente por gobierno revolucionario de los Jóvenes Turcos, un movimiento que seguía la divisa ‘Libertad, igualdad, fraternidad’, tomada de Francia, y la doctrina del panturanisme, la unión de todos los pueblos túrquicos de Europa y Asia.

Las nuevas autoridades de Estambul, encabezadas por el primer ministro, Talat Pasha, no sólo reprimieron a degüello las regiones con comunidades armenias del imperio: también ejecutaron los soldados cristianos del ejército y destituyeron todos los funcionarios armenios de la administración otomana, además de ordenar la pena de muerte para todos los funcionarios y soldados turcos que se negaran a participar en un genocidio con muchos episodios de incineraciones en masa, inoculaciones de enfermedades en niños, uso de gases tóxicos y violaciones sistemáticas de chicas. Y, por si fuera poco, el 29 de mayo de 1915 se promulgó la ley ‘provisional’ de deportación, con el que comenzaban las extenuantes marchas para alejar la población armenia superviviente de la frontera con Rusia y conducirla hacia campos de concentración y de muerte en el sur del imperio.

Y, todo ello, lejos de la mirada de la comunidad internacional, concentrada en los frentes más calientes de la Primera Guerra Mundial. Sólo al final del conflicto hubo algunos pocos procesos sumarísimos contra los responsables máximos del genocidio, juzgados y condenados a muerte in absentia ‘porque habían huido a Alemania. Y poco a poco la cuestión armenia fue quedando olvidada internacionalmente, hasta el punto que se atribuye a Adolf Hitler una escalofriante frase pronunciada en 1939: ‘Se acuerda nadie, del exterminio armenio?’

El olvido y la falta de reacción en el mundo, además de estimular aún más los nazis a perpetrar el holocausto, dio pie y coraje a la nueva República de Turquía surgida en 1923 con Mustafá Kemal, Atatürk ‘, a negar -el. Una negación que han mantenido desde entonces los gobiernos turcos, que no han escatimado esfuerzos académicos, diplomáticos, políticos y judiciales para perseguir cualquier mención del genocidio armenio perpetrado hace un siglo.

La memoria del genocidio se mantiene, únicamente, en la República de Armenia (nacida en 1990 del derrumbe de la URSS) y en los países con fuerte presencia de la diáspora. Francia, con una comunidad de medio millón de armenios actualmente, encabeza la lista de una veintena de estados que han impulsado iniciativas para reconocer el genocidio, con dos intentos no exitosos hasta ahora de penalizar su incluso la negación. Por presión de eurodiputados franceses, el parlamento europeo también lo reconoce desde 1987.

Ver original en: Vilaweb.cat

 

El tercer chimpancé“Con objeto de comprender la impasibilidad de las partes no implicadas, debemos realizar la reacción de las víctimas supervivientes. Los psiquiatras que han estudiado a los testigos de algún genocidio, como los supervivientes de Auschwitz, describen su reacción como un “entumecimiento psicológico”.

además, el hecho de haber sobrevivido a los compañeros despierta un sentimiento de culpa. El dolo psicológico agudo entumece del mismo modo que el dolor físico: es la única manera de sobrevivir y no perder la razón.

En lo tocante a la reacción de los asesinos, aquellos cuyo código ético establece una distinción entre “nosotros”  y “ellos” pueden llegar a sentirse orgullosos, pero aquellos educados con un código ético universal quizá compartan la sensación de entumecimiento de las víctimas, exacerbada en su caso por el sentimiento de culpa.

¿Qué genocidios podemos esperar del Homo sapiens en el futuro? Sobran razones para el pesimismo. El mundo abunda en zonas problemáticas que parecen terreno abonado para el genocidio: Sudáfrica, Irlanda del Norte, Yugoslavia, Sri Lanka, Nueva Caledonia y Oriente Medio por mencionar tan solo algunas. Los gobiernos totalitarios partidarios del genocidio parecen irrefrenables. El armamento moderno permite aniquilar a un número inigualado de víctimas, asesinar sin necesidad de quitarse la chaqueta y la corbata, e incluso efectuar un genocidio universal de la raza humana. pág. 411-413.

El tercer chimpancé“los estadounidenses han creado una versión romántica del conflicto entre blancos e indios, pintándolo como una serie de batallas entre jinetes adultos en las que la caballería y los vaqueros se enfrentaban a feroces cazadores de bisontes capaces de oponer una fuerte resistencia. Sin embargo, el conflicto quedaría descrito en términos más reales si se dijera que un pueblo de agricultores civiles exterminó a otro pueblo de características semejantes Los estadounidenses recordamos con ultraje nuestras propias pérdidas en El Álamo (unos doscientos muertos), en el buque de guerra Maine (docientos sesenta muertos) y en Pearl Harbour (unos dos mil doscientos muertos), así como los incidentes que galvanizaron nuestra intervención en la revolución mexicana, en la guerra contra España y en la Segunda Guerra Mundial, respectivamente. Con todo, las cifras de los muertos causados por estos hechos son insignificantes en comparación con las pérdidas que infligimos a los indios y que hemos olvidado.

El fenómeno más intrigante es el efecto, o más bien la aparente falta de efecto, del genocidio en terceras personas. A primera vista, parece que nada puede suscitar tanto horror en la opinión pública como el aniquilamiento intencionado y brutal de una colectividad. Pero, en la realidad, los genocidios casi nunca despiertan interés en otros países, y aún más raramente son interrumpidos por una intervención extranjera. ¿Quiénes de nosotros seguimos con interés la matanza de árabes cometida en Zanzibar en 1965 o el exterminio de los indios aché llevada a cabo en Paraguay en la década de 1970?

Contrastemos nuestra impasibilidad ante estos y otros genocidios de las últimas décadas con la fuerte reacción desencadenada por los dos únicos casos de genocidio cometidos en tiempos actuales que han dejado una fuerte impronta en nuestra memoria: el de los nazis contra los judíos y el de los turcos contra los armenios (este último mucho menos recordado). Estos casos difieren en tres aspectos cruciales de los genocidios a los que no prestamos atención: las víctimas eran de raza blanca y, por tanto, los demás blancos nos identificamos con ellos; los responsables eran nuestros enemigos de guerra, a los que nos animaban a odiar como personificaciones del mal (especialmente a los nazis); y en ambos casos han quedado supervivientes que viven en Estados Unidos y hacen lo posible para que su tragedia no caiga en el olvido. Así pues, es necesario que concurran unas circunstancias especiales para que los genocidios capten la atención de terceras partes.

Aunque las Naciones Unidas adoptaron en 1948 una Convención sobre el Genocidio  por la que se declaraba que era un delito, lo cierto es que la ONU nunca ha tomado medidas serias para prevenirlo, detenerlo o castigarlo, pese a los protestas presentadas ante sus organismos por los genocidios perpetrados en Bangladesh, Burundi, Camboya, Paraguay y Uganda. Ante la protesta presentada en el momento álgido del régimen de terror implantado por Idi Amin en Uganda, la reacción del secretario general de la ONU fue solicitar al propio Amin que abriera una investigación. Estados Unidos ni siquiera se cuenta entre los países que ratificaron la Convención sobre el Genocidio de la ONU.

Cabría concluir que a la mayoría de las personas no les importan las injusticias cometidas contra otros o pienan que no es asunto suyo.”  pág. 407-408, 410.

El tercer chimpancé“Con el tiempo, la tradicional forma dicotómica de concebir el mundo se ha dejado de considerar una base sólida para el código ético, a la par que surgía una tendencia encaminada a defender, al menos la palabra, un código ético universal, es decir, a estipular unas normas equitativas para tratar a todos los pueblos. El genocidio entra directamente en conflicto con una moral de tales características.

No obstante, pese a este conflicto ético, los perpetradores de muchos genocidios de los tiempos modernos se han enorgullecido abiertamente de sus logros. Cuando el general Julio Argentino Roca, de Argentina, abrió las pampas a los colonos blancos después de exterminar a los indios auracanos, la nación argentina, regocijada y agradecida, le eligió presidente en 1880. ¿Cómo escamotean el conflicto entre sus acciones y el código ético universal los culpables de los genocidios de nuestros tiempos? Para hacerlo, recurren a tres tipos de justificaciones, que basicamente son variaciones del mismo tema psicológico: “La culpa es de la víctima”.

En primer lugar, la mayoría de los defensores del código ético universal consideran que la defensa propia está justificada. Esta racionalización resulta convenientemente elástica, puesto que siempre es posible provocar a los “otros” para que incurran en algún tipo de comportamiento que justifique un acto de defensa propia.

Declararse en posesión de la “verdadera” religión, raza o ideología política, o alegar que uno representa el progreso y el estadio más desarrollado de la civilización, es otra justificación tradicional de cualquier agresión, incluido el genocidio, contra los que están equivocados o son inferiores.

Existe una jerarquía casi universal del desprecio, según la cual los pueblos con escritura y conocimientos metalúrgicos avanzados (por ejemplo, los colonizadores de África) menosprecian a los pueblos ganaderos (por ejemplo, los tutsis, los hotentotes), que a su vez desprecian a los agricultores (por ejemplo, los hutus), que, por su parte, miran por encima del hombro a los nómadas y a los cazadores- recolectores (por ejemplo, los pigmeos y los bosquimanos).

Por último, nuestros códigos éticos establecen una diferencia entre los animales y los humanos. Por ello, la comparación de las víctimas de un genocidio con los animales es otra de las racionalizaciones del genocidio habitualmente utilizadas en tiempos modernos. Los nazis tenían a los judíos por piojos infrahumanos; los colonos franceses de Argelia denominaban a los musulmanes del país ratons (ratas); los paraguayos “civilizados” llamaban ratas rabiosas a los cazadores-recolectores de la etnia aché; los bóers calificaban a los africanos de bobejaan (mandriles), y los nigerianos educados del norte del país veían a los ibos como sabandijas infrahumanas.”  pág. 404-405